¿Por qué la guerra?

Publicado: agosto 28, 2010 de juanosma en Crítica y pensamiento.

Carta de Einstein a Freud
Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de 1932.
Estimado profesor Freud:

La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación
Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco
intercambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee escoger me brinda una muy
grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas,
parece el más imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar.
El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la
guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser
un asunto de vida o muerte para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese
al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un
lamentable fracaso.
Creo, además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y prácticamente el
problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y albergan
ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de quienes, absorbidos en el quehacer
científico, pueden ver los problemas del mundo con la perspectiva que la distancia ofrece.
En lo que a mí atañe, el objetivo normal de mi pensamiento no me hace penetrar las
oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que
ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y,
despejando las soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz
de su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos
psicológicos cuya presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las ciencias del
alma, pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; estoy seguro de
que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al ámbito de la política,
para eliminar esos obstáculos.
Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una manera simple
de tratar el aspecto superficial (o sea, administrativo) del problema: la creación, con el
consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto
que surgiere entre las naciones. Cada nación debería avenirse a respetar las órdenes
emanadas de este cuerpo legislativo, someter toda disputa a su decisión, aceptar sin
reserva sus dictámenes y llevar a cabo cualquier medida que el tribunal estimare
necesaria para la ejecución de sus decretos. Pero aquí, de entrada, me enfrento con una
dificultad; un tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que
posee resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que
estos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos
tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano, y las decisiones
jurídicas se aproximan más a la justicia ideal que demanda la comunidad (en cuyo nombre
e interés se pronuncian dichos veredictos) en tanto y en cuanto esta tenga un poder
efectivo para exigir respeto a su ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de
poseer una organización supranacional competente para emitir veredictos de autoridad
incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me veo llevado,
de tal modo, a mi primer axioma: el logro de seguridad internacional implica la renuncia
incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad de acción, vale
decir, a su soberanía, y está claro fuera de toda duda que ningún otro camino puede
conducir a esa seguridad.
El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los esfuerzos
realizados en la última década para alcanzar esta meta no deja lugar a dudas de que hay
en juego fuertes factores psicológicos, que paralizan tales esfuerzos. No hay que andar
mucho para descubrir algunos de esos factores. El afán de poder que caracteriza a la
clase gobernante de todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía
nacional. Este hambre de poder político suele medrar gracias a las actividades de otro
grupo guiado por aspiraciones puramente mercenarias, económicas. Pienso
especialmente en ese pequeño pero resuelto grupo, activo en toda nación, compuesto de
individuos que, indiferentes a las consideraciones y moderaciones sociales, ven en la
guerra, en la fabricación y venta de armamentos, nada más que una ocasión para
favorecer sus intereses particulares y extender su autoridad personal.
Ahora bien, reconocer este hecho obvio no es sino el primer paso hacia una apreciación
del actual estado de cosas. Otra cuestión se impone de inmediato: ¿Cómo es posible que
esta pequeña camarilla someta al servicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría,
para la cual el estado de guerra representa pérdidas y sufrimientos? (Al referirme a la
mayoría, no excluyo a los soldados de todo rango que han elegido la guerra como
profesión en la creencia de que con su servicio defienden los más altos intereses de la
raza, y de que el ataque es a menudo el mejor método de defensa.) Una respuesta
evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo
su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia. Esto les permite
organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su instrumento.
Sin embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solución completa. De ella surge esta
otra pregunta: ¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan
salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Sólo hay una contestación
posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas
normales esta pasión existe en estado latente, y únicamente emerge en circunstancias
inusuales; pero es relativamente sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de
una psicosis colectiva. Aquí radica, tal vez, el quid de todo el complejo de factores que
estamos considerando, un enigma que el experto en el conocimiento de las pulsiones
humanas puede resolver.
Y así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible controlar la evolución mental del
hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la destructividad? En modo
alguno pienso aquí solamente en las llamadas “masas ¡letradas”. La experiencia prueba
que es más bien la llamada “intelectualidad” la más proclive a estas desastrosas
sugestiones colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto directo con la vida al
desnudo ‘ sino que se topa con esta en su forma sintética más sencilla: sobre la página
impresa.
Para terminar: hasta ahora sólo me he referido a las guerras entre naciones, a lo que se
conoce como conflictos internacionales. Pero sé muy bien que la pulsión agresiva opera
bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso en las guerras civiles, por ejemplo,
que antaño se debían al fervor religioso, pero en nuestros días a factores sociales; o,
también, en la persecución de las minorías raciales.) No obstante, mi insistencia en la
forma más típica, cruel y extravagante de conflicto entre los hombres ha sido deliberada,
pues en este caso tenemos la mejor oportunidad de descubrir la manera y los medios de
tornar imposibles todos los conflictos armados.
Sé que en sus escritos podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a todos los
aspectos de este urgente y absorbente problema. Pero sería para todos nosotros un gran
servicio que usted expusiese el problema de la paz mundial a la luz de sus
descubrimientos más recientes, porque esa exposición podría muy bien marcar el camino
para nuevos y fructíferos modos de acción.
Muy atentamente,
Albert Einstein.
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Carta de Freud a Einstein
Viena, setiembre de 1932
Estimado profesor Einstein:

Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un
tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté de buen
grado. Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy,
y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una
particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de
distintos lados. Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede
hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra. Primero me aterré bajo
la impresión de mí -a punto estuve de decir “nuestra”- incompetencia, pues me pareció
una tarea práctica que es resorte de los estadistas. Pero después comprendí que usted no
me planteaba ese problema como investigador de la naturaleza y físico, sino como un
filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de las Naciones en una acción
semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de
prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial.
Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas,
sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para
un abordaje psicológico.
Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo
de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me
limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente
según mi mejor saber -o conjeturar-.
Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida
correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra “poder” por
“violencia” (“Gewalt”
, más dura y estridente? Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros. Es fácil
mostrar que uno se desarrolló desde la otra, y si nos remontamos a los orígenes y
pesquisamos cómo ocurrió eso la primera vez, la solución nos cae sin trabajo en las
manos. Pero discúlpeme sí en lo que sigue cuento, como si fueran algo nuevo, cosas que
todos saben y admiten; es la trabazón argumental la que me fuerza a ello.
Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la
violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse; en su
caso se suman todavía conflictos de opiniones, que alcanzan hasta el máximo grado de la
abstracción y parecen requerir de otra técnica para resolverse. Pero esa es una
complicación tardía. Al comienzo, en una pequeña horda de seres humanos, era la fuerza
muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La
fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence
quien tiene las mejores armas o las emplea con más destreza. Al introducirse las armas,
ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el
propósito último de la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que
reciba o por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su
antagonismo. Ello se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine
duraderamente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la doble ventaja de
impedir que reinicie otra vez su oposición y de que su destino hará que otros se arredren
de seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación pulsional
que habremos de mencionar más adelante. Es posible que este propósito de matar se vea
contrariado por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en servicios
provechosos si, amedrentado, se lo deja con vida. Entonces la violencia se contentará con
someterlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, pero el
triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el acechante afán de venganza del vencido
y así resignar una parte de su propia seguridad.
He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder más grande, de la violencia bruta o
apoyada en el intelecto. Sabemos que este régimen se modificó en el curso del desarrollo,
cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó
a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión
de varios débiles. “L’union fait la force”. La violencia es quebrantada por la unión, y ahora
el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único.
Vemos que el derecho es el poder de una comunidad. Sigue siendo una violencia pronta a
dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios,
persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es
la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad. Ahora bien, para
que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es preciso que se cumpla una
condición psicológica. La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada
se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se
dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría de
nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término. La comunidad debe ser
conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir
las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas -de
las leyes- y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho.
En la admisión de tal comunidad de intereses se establecen entre los miembros de un
grupo de hombres unidos ciertas ligazones de sentimiento, ciertos sentimientos
comunitarios en que estriba su genuina fortaleza.
Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la violencia
mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene
cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo demás son
aplicaciones de detalle y repeticiones. Las circunstancias son simples mientras la
comunidad se compone sólo de un número de individuos de igual potencia. Las leyes de
esa asociación determinan entonces la medida en que el individuo debe renunciar a la
libertad personal de aplicar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una
convivencia segura. Pero semejante estado de reposo (Ruhezustand) es concebible sólo
en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad
incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e
hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos,
que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte
en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes
son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a
los sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de movimiento en el
derecho (Rechtsunruhe), pero también de su desarrollo. En primer lugar, los intentos de
ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las
limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la
violencia; y en segundo lugar, los continuos empeños de los oprimidos para procurarse
más poder y ver reconocidos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al
contrario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho. Esta última corriente se
vuelve particularmente sustantiva cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en
efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia
de variados factores históricos. El derecho puede entonces adecuarse poco a poco a las
nuevas relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase dominante no está
dispuesta a dar razón de ese cambio, se llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a
una cancelación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de violencia tras cuyo
desenlace se instituye un nuevo orden de derecho. Además, hay otra fuente de cambio
del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la modificación cultural de los
miembros de la comunidad; pero pertenece a un contexto que sólo más tarde podrá
tomarse en cuenta.
Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho no fue posible evitar la
tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones de dependencia
necesaria y de recíproca comunidad que derivan de la convivencia en un mismo territorio
propician una terminación rápida de tales luchas, y bajo esas condiciones aumenta de
continuo la probabilidad de soluciones pacíficas. Sin embargo, un vistazo a la historia
humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o
varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos,
que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. Tales
guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las
partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas,
como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrarío,
contribuyeron a la trasmudación de violencia en derecho, pues produjeron unidades
mayores dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo
orden de derecho zanjaba los conflictos. Así, las conquistas romanas trajeron la preciosa
pax romana para los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes franceses por el
engrandecimiento creó una Francia floreciente, pacíficamente unida. Por paradójico que
suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer
la anhelada paz “eterna”, ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de
las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras. Empero, no
es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos; las
unidades recién creadas vuelven a disolverse las más de las veces debido a la deficiente
cohesión de la parte unida mediante la violencia. Además, la conquista sólo ha podido
crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron
más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños
guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e
incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras.
Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un
camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres
acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los
conflictos de intereses. Evidentemente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una
instancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría
una cosa sin la otra. Ahora bien, la Liga de las Naciones se concibe como esa instancia,
mas la otra condición no ha sido cumplida; ella no tiene un poder propio y sólo puede
recibirlo sí los miembros de la nueva unión, los diferentes Estados, se lo traspasan. Por el
momento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. Pero se miraría
incomprensivamente la institución de la Liga de las Naciones si no se supiera que
estamos ante un ensayo pocas veces aventurado en la historia de la humanidad -o nunca
hecho antes en esa escala-. Es el intento de conquistar la autoridad -es decir, el influjo
obligatorio-, que de ordinario descansa en la posesión del poder, mediante la invocación
de determinadas actitudes ideales. Hemos averiguado que son dos cosas las que
mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de
sentimiento -técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros. Ausente uno
de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad. Desde luego,
aquellas ideas sólo alcanzan predicamento cuando expresan importantes relaciones de
comunidad entre los miembros. Cabe preguntar entonces por su fuerza. La historia
enseña que de hecho han ejercido su efecto. Por ejemplo, la idea panhelénica, la
conciencia de ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión tan vigorosa en
las anfictionías, los oráculos y las olimpíadas, tuvo fuerza bastante para morigerar las
costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de prevenir
disputas bélicas entre las partículas del pueblo griego y ni siquiera para impedir que una
ciudad o una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detrimento de otra ciudad
rival. Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, a pesar de que era
bastante poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades cristianas del
Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en sus guerras recíprocas. Y por lo
demás, en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante
autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en
los pueblos los esfuerzan a una acción contraria. Ciertas personas predicen que sólo el
triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo
caso estamos hoy muy lejos de esa meta y quizá se lo conseguiría sólo tras unas
espantosas guerras civiles. Parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por
el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta si no se
considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de
apoyarse en la violencia.
Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que resulte tan
fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo debe de moverlos, una
pulsión a odiar y aniquilar, que transija con ese azuzamiento. También en esto debo
manifestarle mi total acuerdo. Creemos en la existencia de una pulsión de esa índole y
justamente en los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus exteriorizaciones.
¿Me autoriza a exponerle, con este motivo, una parte de la doctrina de las pulsiones a que
hemos arribado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones?
Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que
quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el sentido de Eros en
El banquete de Platón, o sexuales, con una conciente ampliación del concepto popular de
sexualidad-, y otras que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el
título de pulsión de agresión o de destrucción. Como usted ve, no es sino la trasfiguración
teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga
un nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel
en la disciplina de usted. Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las
valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la
otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida.
Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada;
siempre está conectada -decimos: aleada- con cierto monto de la otra parte, que modifica
su meta o en ciertas circunstancias es condición indispensable para alcanzarla. Así, la
pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella
necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la
pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento
si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en
sus exteriorizaciones es lo que por tanto tiempo nos estorbó el discernirlas.
Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas permiten entrever
aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la acción es obra de una única moción
pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción. En general
confluyen para posibilitar la acción varios motivos edificados de esa misma manera. Ya lo
sabía uno de sus colegas, un profesor Lichtenberg, quien en tiempos de nuestros clásicos
enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que como
físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: “Los móviles (Bewegungsgründe) por los
que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa de los
Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo, “pan-panfama” o
“fama-famapan””. Entonces, cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que
en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie ¿le motivos, nobles y
vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión
de desnudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir;
innumerables crueldades de la historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su
intensidad. El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con otras, eróticas e
ideales, facilita desde luego su satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los
hechos crueles de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo
sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo ante las
crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales se hubieran
esforzado hacía adelante, hasta la conciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo
inconciente. Ambas cosas son posibles.
Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la prevención de las guerras, no a
nuestras teorías. Pero querría demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de
destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad. Pues bien; con algún
gasto de especulación hemos arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo
ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la
materia inanimada. Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte,
mientras que las pulsiones eróticas representan (repräsentieren) los afanes de la vida. La
pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia
los objetos, con ayuda de órganos particulares. El ser vivo preserva su propia vida
destruyendo la ajena, por así decir. Empero, una porción de la pulsión de muerte
permanece activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado deducir toda una serie de
fenómenos normales y patológicos de esta interiorización de la pulsión destructiva. Y
hasta hemos cometido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia moral por
esa vuelta de la agresión hacia adentro. Como usted habrá de advertir, en modo alguno
será inocuo que ese proceso se consume en escala demasiado grande; ello es
directamente nocivo, en tanto que la vuelta de esas fuerzas pulsionales hacia la
destrucción en el mundo exterior aligera al ser vivo y no puede menos que ejercer un
efecto benéfico sobre él. Sirva esto como disculpa biológica de todas las aspiraciones
odiosas y peligrosas contra las que combatimos. Es preciso admitir que están más
próximas a la naturaleza que nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar
todavía una explicación. Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías
constituyen una suerte de mitología, y en tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero,
¿no desemboca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? ¿Les va a ustedes
de otro modo en la física hoy?
De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no ofrece
perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los
hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la naturaleza brinda con
prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta, existen estirpes cuya vida trascurre en la
mansedumbre y desconocen la compulsión y la agresión. Difícil me resulta creerlo, me
gustaría averiguar más acerca de esos dichosos. También los bolcheviques esperan
hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus
necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes
de la comunidad. Yo lo considero una ilusión, Por ahora ponen el máximo cuidado en su
armamento, y el odio a los extraños no es el menos intenso de los motivos con que
promueven la cohesión de sus seguidores., Es claro que, como usted mismo puntualiza,
no se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede
intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra.
Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre
las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde
de la pulsíón de destrucción, lo natural será apelar a su contraría, el Eros. Todo cuanto
establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un
efecto contrario a la guerra. Tales ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar,
vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El
psicoanálisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión
dice lo propio: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Ahora bien, es fácil demandarlo, pero
difícil cumplirlo (ver nota). La otra clase de ligazón de sentimiento es la que se produce
por identificación. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los
hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas
descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana.
Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo para la
lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata y no
eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos. Estos
últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos
unas decisiones que las más de las veces acatarán incondicionalmente. En este punto
habría que intervenir; debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de
un estamento superior de hombres de pensamiento autónomo, que no puedan ser
amedrentados y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la conducción de las masas
heterónomas. No hace falta demostrar que los abusos de los poderes del Estado
(Staatsgewalt) y la prohibición de pensar decretada por la Iglesia no favorecen una
generación así. Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran
sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa sería capaz de
producir una unión más perfecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a las
ligazones de sentimiento entre ellos (ver nota). Pero con muchísima probabilidad es una
esperanza utópica. Las otras vías de estorbo indirecto de la guerra son por cierto más
transitables, pero no prometen un éxito rápido. No se piensa de buena gana en molinos
de tan lenta molienda que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina.
Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo sobre tareas prácticas urgentes
al teórico alejado de la vida social. Lo mejor es empeñarse en cada caso por enfrentar el
peligro con los medios que se tienen a mano. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un
problema que usted no planteó en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué
nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la
admitimos como una de las tantas penosas calamidades de la vida? Es que ella parece
acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y apenas evitable en la práctica. Que
no le indigne a usted mi planteo. A los fines de una indagación como esta, acaso sea lícito
ponerse la máscara de una superioridad que uno no posee realmente. La respuesta sería:
porque todo hombre tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila promisorias
vidas humanas, pone al individuo en situaciones indignas, lo compele a matar a otros,
cosa que él no quiere, destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo
humano, y tantas cosas más. También, que la guerra en su forma actual ya no da
oportunidad ninguna para cumplir el viejo ideal heroico, y que debido al perfeccionamiento
de los medios de destrucción una guerra futura significaría el exterminio de uno de los
contendientes o de ambos. Todo eso es cierto y parece tan indiscutible que sólo cabe
asombrarse de que las guerras no se hayan desestimado ya por un convenio universal
entre los hombres. Sin embargo, se puede poner en entredicho algunos de estos puntos.
Es discutible que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida del
individuo; no es posible condenar todas las clases de guerra por igual; mientras existan
reinos y naciones dispuestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar
armados para la guerra. Pero pasemos con rapidez sobre todo eso, no es la discusión a
que usted me ha invitado. Apunto a algo diferente; creo que la principal razón por la cual
nos sublevamos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas
porque nos vemos precisados a serlo por razones orgánicas. Después nos resultará fácil
justificar nuestra actitud mediante argumentos.
Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde épocas
inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé
que otros prefieren llamarla “civilización”.) A este proceso debemos lo mejor que hemos
llegado a ser y una buena parte de aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y
comienzos son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles.
Acaso lleve a la extinción de la especie humana, pues perjudica la función sexual en más
de una manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados de la población se
multiplican con mayor intensidad que los de elevada cultura. Quizás este proceso sea
comparable con la domesticación de ciertas especies animales; es indudable que conlleva
alteraciones corporales; pero el desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa
índole no ha pasado a ser todavía una representación familiar (ver nota). Las alteraciones
psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en
un progresivo desplazamiento de las metas pulsionales y en una limitación de las
mociones pulsionales. Sensaciones placenteras para nuestros ancestros se han vuelto
para nosotros indiferentes o aun insoportables; el cambio de nuestros reclamos ideales
éticos y estéticos reconoce fundamentos orgánicos. Entre los caracteres psicológicos de
la cultura, dos parecen los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a
gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agredir, con todas sus
consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien, la guerra contradice de la manera
más flagrante las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y por eso nos
vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más. La
nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una
intolerancia constitucional, una idiosincrasia extrema, por así decir. Y hasta parece que los
desmedros estéticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus
crueldades.
¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan
pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica que el influjo
de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos
de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana. Por qué
caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo. Entretanto tenemos derecho a decirnos:
todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra (ver
nota).
Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi exposición lo ha desilusionado.
Sigmund Freud

[Obras Completas de Sigmund Freud, traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres]

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